Aunque la piel sensible puede aparecer en cualquier edad, es particularmente corriente en la lactancia y a medida que la piel envejece. La piel del bebé es alrededor de 1/5 del espesor de la piel adulta y posee una función de barrera limitada, lo que permite que sea muy sensible a influencias químicas, físicas y a agentes externos, así como a los rayos UV. Por otra parte, la función de la barrera de la piel adulta se debilita crecientemente a medida que avanza la edad, mientras los procesos metabólicos se atenúan. La piel envejecida adquiere gradualmente un déficit de lípidos, lo que propicia que se irrite más fácilmente por la acción de sustancias alcalinas como el jabón. Lee más acerca de piel en edades diferentes.
Los cambios hormonales que tienen lugar en la pubertad, el ciclo menstrual, el embarazo y la menopausia, pueden afectar a la resistencia cutánea a los irritantes.
Los periodos prolongados de estrés y falta de sueño son desencadenantes conocidos de la piel sensible. A menudo se acompañan de nutrición deficiente y niveles de hidratación exiguos, situaciones ambas que pueden exacerbar la piel ya seca e irritada.
Las personas con alergias de tipo I tienen más probabilidad de experimentar sensibilidad cutánea, debido a la penetración de alérgenos como el polen a través de la piel.
Los procesos cutáneos faciales existentes, que varían desde la piel seca y deshidratada hasta la piel extremadamente seca y piel grasa con espinillas, pueden dar lugar a que la piel se vuelva sensible a irritantes, como colorantes, perfumes y alcohol.